Microrrelatos de Daniel Bernal Suárez


 
Foto: Juan Yanes

CRISIS DE REPUTACIÓN

Tiene que comprenderlo. Hoy en día cada uno de nosotros representa una marca personal. Debemos proyectar una imagen consistente con lo que ofrecemos. Vendemos nuestros conocimientos, nuestra experiencia. Hay que diferenciarse de la competencia para conquistar el mercado, pero sin originar aspavientos o escándalos. Por eso es tan importante cultivar una buena imagen y no dar lugar a equívocos. Así que, lamentándolo mucho, señor Lázaro, debo rechazar su solicitud para el puesto de trabajo. Tiene que comprenderlo. Buscamos frescura y usted aún arrastra ese olor a muerto. Permítame que le haga una recomendación: piénselo mucho antes de hacer un nuevo cambio de look entre vivo o muerto. De semejante crisis de reputación muy pocos se salvan.


DON NADIE

A los trece años sufrió las burlas de sus condiscípulos: replicó con el silencio. La turba de jóvenes murmuraba sobre sus incapacidades: él era el más lento y torpe en los ejercicios físicos, el más huraño y difícil de trato y, a pesar de que el único rasgo sobresaliente era su inteligencia, se veía entrecortada a menudo por una agresiva timidez que se interponía. Años más tarde recordó el denigrante mote con el que lo tildaban: era un don nadie. Esa fue la identidad que asumió cuando aquel rústico cíclope le inquirió su nombre.
Nadie, soy don Nadie, Polifemo – respondió Ulises.


SU RESTAURANTE DE REFERENCIA

En nuestras instalaciones podrá saciar su apetito con total tranquilidad. Ningún agente externo le vigilará ni incomodará su indomeñable fruición con preguntas inoportunas sobre la procedencia del manjar. Sorberá el líquido manantial de rojo purísimo. Paladeará la carne más fresca, seleccionada con rigurosos controles de calidad, higiene y hermosura. Visítenos. Abrimos de lunes a lunes, 24 horas al día. Nos apasiona nuestro trabajo, por eso aunamos calidad y entrega, profesionalidad y exquisita atención al cliente. No descuidamos a las víctimas. Únicamente ofrecemos individuos sanos y bellos. Porque nos gusta ser el restaurante caníbal de referencia.


LA CASA

En algún lugar de la casa hay un cadáver.  Usted intentará encontrarlo. Para ello explorará habitaciones caóticas, abrirá innumerables compuertas, sorteará obstáculos sin cuento. Pero el tiempo correrá en su contra. En algún lugar de la casa el cuerpo estará descomponiéndose y usted teme que no lo hallará nunca. La casa, de arquitectura insondable, tiene sus propias leyes. Hará frente a infatigables pasillos, áridas trampas y una manada de seres de conversación insulsa que aparecerán y desaparecerán en cuestión de instantes. Entonces pensará que la casa es un artilugio de solaz o de sufrimiento, pero impermeable a la comprensión. Urdida por una mente siniestra, la casa perdura en la eternidad. Tic tac, tic tac. Las ratas roerán los últimos huesos del cuerpo, y usted sabe que semejante demora en encontrarlo hará que se extingan las pistas del crimen. No tendrá al asesino, no descifrará la casa. Ha nacido aquí y aquí habrá de morir sin remedio. Un día, pasados muchos años, cruzará por casualidad una puerta. Se sentará, de modo inconsciente, sobre una silla. Sin fuerzas, sin rencor, sin dudas, exhalará su último suspiro. Y entonces habrá entendido todo. El cadáver del que le he hablado y que buscaba con denuedo en toda la casa era usted mismo.

«CUIDADO, HAY TIGRES»   

Los mapas, cuya cifra es el deseo, encierran entre trazos de montañas y ríos innumerables, enigmas, porciones variables de error, obstinadas reincidencias en el tormento. Nadie encuentra en el mapa el aguijón de avispa que nos picó en la infancia, la hermosura que nos sedujo y dejó una herida supurante en la segunda década de nuestra vida, los fracasos y denuedos que pueblan cada instante. Semejante acopio de informes volvería ilimitable la extensión de una urbe, su representación cartográfica. Al contemplar un mapa debiéramos adivinar entonces, y quizás como único rastro de nuestra biografía, entre los signos de calles populosas, justo enfrente de la entrada de nuestra casa, una advertencia que pudiera salvarnos de las fauces de las bestias que nuestro enemigo hubiera abandonado allí para nuestra perdición definitiva. Un simple cartel que dijera: «Cuidado, hay tigres».


AMOUR FOU

En el incendio me hice generoso. Las llamas me reclamaron y yo, insensible a los demás hasta ese momento, me entregué a su voracidad con alegría y complacencia. El fuego me poseyó apasionadamente.


ERROR DE NOVATO

Respire usted más despacio –le dije al fantasma–. Tenga en cuenta que siempre es difícil adaptarse a estas cosas.


MIEDO A LA LUZ

Mis zapatos tienen miedo a la luz. Cada vez que abro el armario y busco en los cajones inferiores, ellos se arremolinan contra las esquinas, buscando los resquicios de oscuridad. Debo introducir el brazo hasta el fondo, y escucho entonces sus diminutos gritos y protestas. Cuando alcanzo a coger algún par y los extraigo, sus cuerpecitos tiemblan. De poco valen mis palabras de consuelo. Los estertores continúan hasta pasadas unas horas. Terminan por agotarse y es en ese momento en que puedo caminar tranquilo, sin las constricciones y mordiscos continuos a mis pies. Ya no sé qué hacer con ellos. Tendré que llamar a un psicólogo.


Daniel Bernal Suárez (España,1984)

Poeta, narrador, crítico literario y gestor cultural. Ha cursado estudios de Ciencias Biológicas y Antropología Social y Cultural. Presidente de la sección de Literatura y Teatro del Ateneo de La Laguna. Ha recibido, entre otros, los premios de poesía Ciudad de Tacoronte (2008), Luis Feria (2011) y Pedro García Cabrera (2013). Ha publicado los poemarios Escolio con fuselaje estival (2011), Corporeidad (2012), Odiana (2014) y El tiempo de los lémures (2014).
Dirigió la revista literaria de creación y crítica La Salamandra Ebria. Sus poemas, microrrelatos y ensayos han aparecido en diversos medios. Su web es: danielbernalsuarez.com


 

Zulma Fraga: Los hijos no hablan


 
Foto: Juan Yanes
Los hijos no hablan

Ella es la mamá de la adolescente muerta. Violada y asesinada.
No somos amigas pero la conozco, mi hijo y la suya estaban en  el mismo curso y mi nena va también a esa escuela. Nos hemos visto en reuniones de padres, en los festejos escolares, nos cruzamos en el supermercado, en la farmacia; vivimos en el barrio, la ciudad es chica.
Me acerqué a ella después del horror, algo le dije, no sé muy bien qué, pero no he dejado de pensarla en estos meses, imagino cómo se siente, cómo será entrar al cuarto de la hija, ir sabiendo de a poco que faltaba a la escuela, que no estaba donde decía estar, que encontraron marihuana en su mochila; que tenía, poco más que niña, una vida sexual muy activa, que sus amigas la cubrían. Quizás, como el asesinato, todo esto le cayó encima de golpe o a lo mejor iba pensando, como yo, que hay un momento en que los hijos se transforman, no nos hablan, viven una vida de riesgo, propia y diferente de la nuestra.
Pensando como yo cuando veo en qué poco tiempo mi hijo ha pasado de ser ese niño risueño, alegre y bullicioso, a este que está en la casa como no estando, encerrado en su cuarto, que no me habla, que todavía, muy de vez en cuando, me abraza y me dice que me quiere. Ese desconocido que me dice que me quiere es el que la violó y la mató.

Historia como tantas

Se embarazó sobre el filo de los quince y no sabía de cuál de los pibes con los que solía cartonear, pero no le importó, porque vivía con su mamá, que  tenía como cinco o seis hijos y su hermana mayor que ya llevaba dos, y los cuidaban entre ellas. En verdad, estaba muy contenta porque por fin iba a tener algo propio, le puso un nombre que había oído por ahí y que le parecía que era fuerte, importante, como estaba segura de que iba a ser su hijo, que por suerte era varón, porque a los varones siempre les va mejor.
Kebin le puso. Cuando fue a anotarlo le preguntaron “¿b larga o v corta?” Ella no sabía, pero con b larga le pareció más importante.

Ahora vienen los pibes del barrio a buscarla y le dicen mataron al Kebin. Corre y allá en el baldío, con un tiro en la frente, está su hijo quinceañero, con ese nombre y tan muerto como el José, el Tito, el Orejas.




Eso, la vida

Tendrá, tal vez, ¿seis, siete años? Es oscura y feíta. Tiene un cráneo pequeño, la nariz y el mentón prominentes, un bellísimo pelo largo recogido en lo alto de la cabeza y cayendo luego hasta la mitad de la espalda en ondas suaves y brillantes. Tiene un vestido bonito.
Se sacude y grita un furioso AH AH AH. La mamá, con ella en brazos, se ubica en el primer asiento del colectivo, el papá al lado. La nena se agita y grita AH AH AH que a veces suena como ay ay ay. Pasa segundos en silencio y recomienza, o se mece y emite un aaaaa que es casi como canto.
El viaje es largo y los padres se turnan para sostenerla. Fuera de eso conversan, miran sus celulares, revisan juntos papeles, la vida de todos los días.


Subordinadas

La muchacha joven y morena que camina pasada la medianoche de un mes de julio helado, mientras cae una lluviecita que la va empapando y casi no siente, y hay bruma; que tiene un embarazo de cinco meses no querido, que está tan sola y se ve sin salidas, que entra en una de las pocas plazas de Buenos Aires todavía no cerradas; que se mece largamente y llora, que hacia la madrugada se cuelga de uno de esos travesaños de los columpios y pende en la neblina que se va espesando, dulce flor que la ciudad se traga.

Apagón y después


para el Tucu Gómez

Tarde a la noche se cortó la luz. La oscuridad y el calor agobiante cayeron sobre la gente, como una lona pesada.
Alguien canta. Es un murmullo, un tarareo suave, alguien prueba el sonido, la garganta. Una voz de hombre, bella, ronca, bien entonada, irrumpe entonces.
“Acaso te llamaras solamente María,/ no sé si eras el eco de una vieja canción,/ pero hace mucho mucho…”
Hay gente en las ventanas, los balcones, qué se puede hacer cuando se corta la luz y el calor es terrible.
Alguien se suma a la canción, y luego otras voces, viejas, jóvenes, varones y mujeres, más o menos entonados.
“…pero tus manos buenas retornaron presentes/para curar mi fiebre desteñida de amor./ María, en las sombras de mi pieza…”
Sentado es su balcón, con un vaso de whisky en la mano, quien empezó el canto es un hombre solo, muy viejo, casi ciego.


***

Zulma Fraga: nació en Realicó, La Pampa, pero vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina.
Publicó Relatos del Piso 12, cuentos, Marginales, relatos breves, el músico y Angelita, novela; cuerpos en tránsito, poesía; Subirse al micro, microrrelatos.
Ha sido incluida en diferentes publicaciones del país y el extranjero y en las Antologías Relatos para Sallent, Sallent de Gállego, España. Grageas. Antología de 100 cuentos breves de todo el mundo, Buenos Aires, Argentina. Cielo de Relámpagos, antología de microficciones de autores latinoamericanos, Neuquén, Argentina. V y VI Encuentro Nacional de Narrativa, Bialet Massé, Córdoba, Argentina, 2009 y 2010, ¡Basta!, cien mujeres contra la violencia de género.
Ha participado en distintas actividades multimedia con poesía y narrativa y ha recibido premios por su obra en el país y el extranjero.       
Condujo desde 1996 hasta 2007 el programa radial Contextos y es codirectora de Editorial Piso12.



Adília Lopes

Paula Rego


O Decote Da Dama De Espadas


Adília Lopes



As duas irmãs e a puma
(fábula imitada da adivinha duas mães e duas filhas foram á missa com três mantilhas)


As duas irmãs passeavam ao domingo
pela avenida
com os seus dois melhores chapéus
que eram iguais e tinham duas plumas
quando lhes saltou e cima um puma
as duas irmãs como eram muito espertas
gritaram ao puma
coma as quatro plumas dos nossos dois chapéus
a ver se ele comia só a elas e aos chapéus
e se deixava as quatro plumas
mas o puma como era muito mau
começou por comer uma pluma de cada chapéu
a sobremesa estragou o apetite para o lanche,
disse o puma às duas irmãs
e as duas irmãs voltaram para casa
com os dois chapéus de duas plumas
sem duas plumas.





Os cães

A menina parecia-se com a vestal de uma estela funerária que há nessa cidade e que tem roupas, embora de pedra, finíssimas. Passava, pela mão de mãe, pela orla do terreiro, no ar denso de trovoada.
Esse terreiro onde se armavam as barracas da feira, agora deserto, varrido com ferocidade pelo vento, na hora nefasta do meio-dia, hora em que é perigoso passar debaixo de certas árvores ou contemplar as fontes, tem apenas alguns troncos coco ossos de que brotam cotos carecas.
Dos arredores vinham um cheiro acre a queimadas que invadia as casas de mistura com as películas de cinza como si um grande fogo de aqueles que abatem uma a uma as árvores) rondasse a povoação.
Na areia eriçada e vermelha como pêlo, que as rajadas levantaram e atiravam para longe aos punhados, dos cães rodopiavam voltejando e esponjando-se, colados um ao outro, pardos e rafeiros.
Os granidos de um dos cães feriam o ar cinzento e abstruso como se lhe estivessem a fazer mal. Amenina, aflita, gritou à mãe:
- O outro vai matá-lo! 
Mas a mãe, embaraçada, calo-a:
-Não. É um cão e uma cadela. Não olhes para lá.
Então a menina tapou os ouvidos.





No more tears

Quantas vezes me fechei para chorar
na casa de banho de minha avó
lavava os olhos com shampo
depois acabaram os shampoos
que fazia arder os olhos
no more tears disse Jonshon & Jonshon
as mães são filhas das filhas
e as filhas são mães das mães
uma mãe lava a cabeça da outra
e todas têm cabeças de crianças loiras
para chorar não podemos usar mais shampoo
e eu gostava de chorar a fio
e chorava
sem um desgosto sem uma dor sem um lenço
sem uma lágrima
fechada à chave na casa de banho
de casa de minha avó
onde além de mim só estava eu
também me fechava na guarda-vestidos grande
mas um guarda-vestidos não se pode fechar por dentro
nunca ninguém viu um vestido a chorar.







El escote de la Dama de Espadas

Las dos hermanas y el puma
(Fabula imitada de la adivina de las dos madres y las dos hijas que fueron a misa con tres mantillas)

Las dos hermanas paseaban el domingo
Por la avenida
Con sus mejores sombreros
Que eran iguales y tenían dos plumas
Cuando les saltó encima el puma
Las dos hermanas como eran muy listas
Gritaron al puma
Come las cuatro plumas de nuestros dos sombreros
Para ver si él se comía a ellas o a los sombreros
Y dejaba las cuatro plumas
Pero el puma como era muy malo
Comenzó a comer una pluma de cada sombrero
El postre estropeo el apetito de la merienda,
Dice el puma a las dos hermanas
Y las dos hermanas regresaron a casa
Con los dos sombreros de dos plumas
Sin dos plumas.





Los perros

La niña se parecía a una virgen como esas estelas fúnebres que hay en la ciudad y que tienen ropas, aunque son de piedra, finísimas.
Pasaba, dela mano de su madre, por el margen del terreno, en el aire denso de la tormenta.
Ese terreno donde se armaban las tiendas de la feria, ahora desierto, barrido por la ferocidad del viento, en la hora nefasta del mediodía, hora en que es peligroso pasar debajo de ciertos árboles o contemplar las fuentes, tienen algunos troncos con cocos como huesos que brotan de mástiles calvos.
De los alrededores venia un olor acre, a quemado que invadía y se mezclaba en las casas como una película de ceniza, como si un incendio de aquellos que queman uno a uno los árboles, rondase la población.
En la arena erizada y bermeja como cabello, que las ráfagas levantaban y lanzaban lejos a puñados, dos perros giraban y giraban esponjándose, pegados el uno al otro, pardos y vulgares.
Los ladridos de uno de los perros herían el aire gris y profundo, como si le estuvieran a hacer daño.
La niña, afligida, le gritó a la mamá:
- ¡El otro lo va a matar! 
Pero la madre, embarazada, la calló.
Entonces la niña se tapó los oídos.





No more tears
Cuántas veces me encerré para llorar
En la casa de baño de mi abuela
Lavaba los ojos con shampo
Después acabaron los sampoos
Que hacían arder los ojos
No more tears dice Jonshon & jonshon
Las madres son hijas de las hijas
Y las hijas son madres de las madres
Una madre lava la cabeza a la otra
Y todas tienen cabezas de niñas rubias
Para llorar no podemos usar más shampoo
Y yo gusto llorar copiosamente
Y lloraba
Sin un disgusto sin un dolor y sin pañuelo
Sin una lagrima
Encerrada con llave en el baño
En la casa de mi abuela
Donde además de mi estaba yo
También me encerraba en el ropero grande
Pero en un ropero no se puede cerrar por dentro
Nunca nadie vio un vestido llorar.






Adília Lopes, pseudónimo literário de Maria José da Silva Viana Fidalgo de Oliveira, nasceu em Lisboa, em 1960. Frequentou a licenciatura em Física, na Universidade de Lisboa, que viria a abandonar quando já estava prestes a completá-la. Começa a publicar a sua poesia no Anuário de Poetas não Publicados da Assírio & Alvim, em 1984.
Adília Lopes, poetisa, cronista e tradutora, é o pseudónimo literário de Maria José da Silva Viana Fidalgo de Oliveira, nascida em Lisboa em 1960.
Tem vivido sempre na mesma casa, em Lisboa, habitada pela família da sua mãe desde 1916.
Adília Lopes está traduzida em castelhano, italiano, francês, inglês, servo-croata, alemão e holandês.
Adília Lopes é hoje uma das mais importantes poetisas portuguesas. Conduz a poesia para casos corriqueiros e situações quotidianas, tratadas com ironia, candura e crueza, inteligência e intencionalidade.


Microrrelatos de Rodolfo Luna

Anna Earwen, vía Juan Yanes

La Pasión
La joven y linda reportera viajó a Jerusalén enviada por un canal de videos musicales. Ante la cámara, en plena Vía Dolorosa compartió al mundo su profunda emoción. Conteniendo justificadas lágrimas admitió que apenas podía creer el encontrarse allí, justo por donde alguna vez había pasado Mel Gibson.

Certeza
¿Creé usted en la reencarnación?
Definitivamente no. No en esta vida.

Un políglota
Quienes escucharon sus discursos en tan diversas lenguas reconocen que en cada una supo expresar con fidelidad su estulticia.

Sin duda
Me preguntó por qué insisto en calzar siempre huaraches y lucir, incluso en fastuosas celebraciones de la alta sociedad, un modesto morral. Mi respuesta fue contundente: quiero dejar a todo el mundo en claro, sin asomo de duda,  que nada me importa lo que piensen de mí.

El cuidado del templo
“Nuestro cuerpo es templo vivo del Espíritu Santo, por eso debemos cuidarlo y respetarlo.”
Dijo la catequista, después encendió otro cigarro.

Curación por exceso
Su amnesia se agravó al punto de olvidar que la padecía, entonces lo recordó todo.

Escuchar
Jorge estaba tan entusiasmado convenciéndome de la importancia de escuchar al otro, que me fue imposible expresarle mi total acuerdo.

***

Rodolfo Luna

Originario de Xicotepec de Juárez, Puebla. Su trabajo ha sido publicado en revistas como Pasto Verde, Tierra Adentro y la Antología Virtual de Minificción Mexicana. Poemas suyos fueron incluidos en la Antología de Cuento y Poesía  de la Escuela de Escritores Sogem-Puebla. Participó en la antología Puebla Directo, editada por el Instituto Municipal de Arte y Cultura. Es autor de la serie de cuentos Hallarás tus días. Obtuvo el primer lugar en el concurso de cuento Mujeres en Vida organizado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. 


8 breverdades, por Patricia Nasello


 
Foto: Juan Yanes

Retrato de mujer con insomnio


Nadie sabía que él practicaba el funambulismo. Nadie, y esto quiere decir que ella tampoco, sabía que de  noche y vestido de negro para camuflarse entre las sombras, hacía equilibrio desde el techo de la casa de apuestas hasta la del usurero. Ida y vuelta. Incansablemente. Tanto, que llegó a dominar ambas facultades (la cuerda floja y el disimulo) con una maestría tan elegante, que habría resultado un blanco para la envidia de haberse conocido.
Quizá sus hábitos comenzaran a aburrirlo,   quizá fue una excentricidad que exigió como pago el usurero: el caso es que  una noche potenció el peligro de su conducta agregando cabriolas a su rutina. Una cabriola, dos, cuando intentaba realizar la tercera apoyó mal el pie izquierdo. Mientras él caía, ella se hallaba durmiendo con la placidez de aquella que se siente amada. El insomnio que ahora la tortura comenzó a partir del día siguiente.


Amores contrariados


—Estaba loco, por eso la dejé ir —dice Hamlet con tristeza.
—Yo sé lo que es ser amada por un loco —replica, melancólica, Dulcinea.
—Según parece, en el Hades ningún desenamorado haya consuelo —digo yo—. A vos, mi amor, te lo digo.


Mal de muchos


En la hondonada más profunda del monte, lleva meses allí. Espera el  carnaval. Para las ansias de su juventud, los días pasan lentos como un jarabe ingerido a desgana. Por causa de esa ansiedad podría decirse que espera con  un nudo en la boca del estómago. Eso, si tuviera estómago.
Mientras aguarda y con el único fin de aligerar el tiempo, entra en  su máscara de persona,  contempla el atuendo con el que planea destacar entre el gentío. Prendas favoritas: el cinturón adornado con monedas y el poncho calamaco. No resiste la tentación de calzarse las botas fuertes y sostener el rebenque: con la diestra cerrada sobre el mango recubierto con verga de toro se siente triunfal, invulnerable.  Cuando se figura, llegada por fin la hora de sus anhelos, ascendiendo a la ciudad, las ganas lo atropellan. Sueña con los humanos. Reirá, jugará, bailará con ellos. Preñará a las hembras y usará a los machos como hembras, como todo buen diablo. 
—¿Buen diablo? ¿Bueno? —pregunta el que sabe más por viejo con burlona cordialidad.
Sumiso, contenido,   ve cómo su príncipe toma para sí los placeres que él imaginaba. Su inexperiencia supone que perder hasta los vicios a favor del poderoso es una característica propia y exclusiva del infierno. Pobre diablo.


inJusticia


El juicio final no trajo alivio: vivir un día eterno sin que nada lo perturbe, es agobiante y, para colmo, del cielo no hay salida.


El huésped


—Un p r i n ci pe sa po  —deletrea Angelita. Encantada con el simpático personaje verde,  la pequeña lo recorta con su tijera para papel y lo pega en otra lámina, ésa de los tres chanchos que también le gustan. Es de lamentar que, en esta segunda lámina, además haya un lobo, un energúmeno que sopla con la fuerza de mil demonios.
Expulsado por aquel huracán, cargando golpes y espantos diversos, el sapo llega  al bosque. Allí se encuentra con el Hada Madrina quien se apiada de él, y, antes de abandonarlo a su suerte puesto que éste no es el indicado para su ahijada, le devuelve su forma de príncipe.
Durante meses, que se hacen años,  el príncipe caza para subsistir, hasta que un día,  deseoso de encarar una hazaña que esté a la altura del vigor que ganó con tanta vida salvaje, se dirige a la ciudad, busca una casa y llama a mi puerta.
—Hola, Ángela —saluda con voz áspera. Sé que lo conozco aunque no recuerdo de dónde, siento que me sonrojo—.  Ando sobrado de sangre real, me agradaría convidarte —agrega con picardía.


La carga


Ella aún duerme cuando un par de alas enormes brotan del centro de su espalda. El pijama color piel se transforma en una túnica celeste larga hasta los pies y sobre su cabeza resplandece una aureola dorada.
Pocas horas después, tras una búsqueda frustrada e imperiosa bajo ese celeste inmaculado,  él descubre una ausencia que juzga imperdonable: ella, o mejor digamos este ser que tiene enfrente de sí, no tiene sexo. La memoria de lo que alguna vez casi fueron lo abandona y con gesto ruin le ordena que se vaya.
Todo ángel puede volar como una flecha, hundirse en el cielo; pero sobre este ángel la memoria de lo que fue pesa demasiado; de modo que no vuela, camina hacia el único lugar donde, según cree, podría alojarse.
Satisfecho, el director del circo celebra con sus amigotes de caravana la firma de un contrato que lo hará famoso.



Queríamos tanto a M

La p, no cualquier p,  la pequeña p de pedrusco, de pábilo, de pavesa, ésa p, se enamoró de M, la maravillosa. Desde luego, a este amor cualquiera lo hubiese previsto, lo extraordinario fue que M le correspondiera. Ante la mirada pasmada del resto de nosotras —quien más, quien menos, todas las letras nos sentimos aún hechizadas por su recuerdo—, M comenzó a surgir hecha espuma multicolor cuando la cenicienta p observaba,  a ser fuego para que gozara en ardores, o viento con el único objeto de elevar a su oscura prometida.
Al comienzo, tanto prodigio logró que la parda p se creyera una princesa. Es de lamentar que esta inquilina del humo, habituada  a terrenos áridos y a la oscuridad carcelaria de la cera, pronto se sintiera incomodada, abrumada, hastiada.   Deseosa de recuperar la paz de su insignificancia, comenzó por cavar un pozo. Luego cavó otro. Un par de pozos profundos.


Cerdo


Era una mujer. La vi venir desde lejos, bajaba la cuesta a tropezones. Se caía, se volvía a levantar. Intentó volverse un par de veces, trepar la sierra. No pudo. Continuó desbarrancándose.  Hasta que se topó con el chiquero. Entró temblando —de cansancio— supuse.  Y se acostó entre nosotros,  en el barro.
Sus piernas, sus brazos, estaban cubiertos de moretones; el pelo en desorden; la blusa y la falda, rotas.
—Viene cayendo desde hace mucho —pensé.
Durmió varias horas. 
Cuando reaccionó caminó hasta el comedero. 

Una chancha llorando no conmueve a nadie. Es patético. Grotesco. Ella debe saberlo, porque da vuelta la cara, esconde las lágrimas.
Ahora está en mi manada. Tarde o temprano tendrá que entrar en celo. Si todavía llora, será su problema.

***

Patricia Nasello (Córdoba, Argentina, 1959), obtuvo el título de Contadora Pública por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC, 1983), profesión que nunca ejerció.
Publicó el libro de microrrelatos Nosotros somos eternos, Macedonia ediciones, Morón, Argentina, (2016) y su versión en ebook,  Ediciones Libros al Albur, Seviilla, España (2015), como así también el libro de cuentos breves y microcuentos El manuscrito, edición de autor, Córdoba, Argentina, 2001.

Miembro, junto a   Sergio Astorga (México/Portugal), del Comité de Redacción de Brevilla, Revista de Minificción. Dirige, Profesora Lilian Elphick (Chile).


Editora de contenidos de las primeras siete ediciones (la séptima permanece inédita) de Microfilias (sección Micros), Revista Electrónica de los Géneros Breves en Español.

Posee trabajos publicados en periódicos,  revistas culturales y antologías de cuentos en los siguientes países: Argentina, España, México, Perú, Rumania, Venezuela y Bolivia.

Edita los blogs Patricia Nasello microrrelatos (textos propios), Piedra y nido Varios Autores Minificciones y REY ARTURO, el hombre, el mito (análisis de los núcleos históricos y literarios que disparan —dan nacimiento y nutren—  la leyenda artúrica).
Coordinó talleres de creación literaria en las siguientes instituciones: Centro Cultural de Alta Córdoba (2002/2004), Paseo de las Artes (2005), SADOP (Sindicato Argentino de Docentes Privados) secc. Cba  (2005/2012).
Algunos de sus microcuentos han sido distinguidos con traducciones al inglés, francés, rumano e italiano.

En setiembre (2017), durante el Congreso Nacional de Literatura Doctor David Lagmanovich. Microrrelatos Federales, (San Miguel de Tucumán, Argentina) presentará su nuevo libro Una mujer vuelta al revés.


Julio Torri

Gabriel Fernández Ledezma


Julio Torri


De funerales


Hoy asistí al entierro de un amigo mío. Me divertí poco, pues el panegirista estuvo torpe. Hasta parecía emocionado. Es inquietante el rumbo que lleva la oratoria fúnebre. En nuestros días se adereza un panegírico con lugares comunes sobre la muerte y ¡cosa increíble y absurda! Con alabanzas para el difunto. El orador es casi siempre el mejor amigo del muerto, es decir, un sujeto compungido y tembloroso que nos mueve a risa con sus expresiones sinceras y sus afectos incomprensibles. Lo menos importante en un funeral es el pobre hombre que va en el ataúd. Y mientras las gentes no acepten estas ideas, continuaremos yendo a los entierros con tan pocas probabilidades de divertirnos como en a un teatro.




El mal actor de sus emociones

Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio.
 —Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: “Oye tu propio corazón, y el amor que tengas a tus hermanos no lo celes”. Y desde entonces no encubría mis pasiones a los hombres. Mi corazón fue para ellos como guija en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino. El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo:
 —Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de tus emociones.




La balada de las hojas más altas

A Enrique González Martínez


Nos mecemos suavemente en lo alto de los tilos de la carretera blanca. Nos mecemos levemente por sobre la caravana de los que parten y los que retornan. Unos van riendo y festejando, otros caminan en silencio. Peregrinos y mercaderes, juglares y leprosos, judíos y hombres de guerra: pasan con presura y hasta nosotros llega a veces su canción. Hablan de sus cuitas de todos los días, y sus cuitas podrían acabarse con sólo un puñado de doblones o un milagro de Nuestra Señora de Rocamador. No son bellas sus desventuras. Nada saben, los afanosos, de las matinales sinfonías en rosa y perla; del sedante añil del cielo, en el mediodía; de las tonalidades sorprendentes de las puestas del sol, cuando los lujuriosos carmesíes y los cinabrios opulentos se disuelven en cobaltos desvaídos y en el verde ultraterrestre en que se hastían los monstruos marinos de Böcklin. En la región superior, por sobre sus trabajos y anhelos, el viento de la tarde nos mece levemente.






Para aumentar la cifra de accidentes

Un hombre va a subir al tren en marcha. Pasan los escaloncillos del primer coche y el viajero no tiene bastante resolución para arrojarse y saltar. Su capa revuela movida por el viento. Afirma el sombrero en la cabeza. Va a pasar otro coche. De nuevo falta la osadía. Triunfan el instinto de conservación, el temor, la prudencia, el coro venerable de las virtudes anti heroicas. El tren pasa y el inepto se queda. El tren está pasando siempre delante de nosotros. El anhelar agita nuestras almas, y ¡ay de aquel a quien retiene el miedo de la muerte! Pero si nos alienta un impulso divino y la pequeña razón naufraga, sobreviene en nuestra existencia un instante decisivo. Y de él saldremos a la muerte o a una nueva vida, ¡pésele al Destino, nuestro ceñudo príncipe!






La humildad premiada

En una Universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí brillante porvenir en la crítica literaria. Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos la mañana siguiente. Tan inaudita facultad de repetir con exactitud constituía la desesperación delos más consumados constructores de máquinas parlantes. Y así transcurrieron largos años hasta que un día, en fuerza de repetir ideas ajenas, nuestro profesor tuvo una propia, una pequeña idea propia luciente y bella como un pececito rojo tras el irisado cristal de una pecera.




El descubridor

A semejanza del minero es el escritor: explota cada intuición como una cantera. A menudo dejará la dura faena pronto, pues la veta no es profunda. Otras veces dará con rico yacimiento del mejor metal, del oro más esmerado. ¡Qué penoso espectáculo cuando seguimos ocupándonos en un manto que acabó ha mucho! En cambio, ¡qué fuerza la del pensador que no llega ávidamente hasta colegir la última conclusión posible de su verdad, esterilizándola; sino que se complace en mostrarnos que es ante todo un descubridor de filones y no mísero barretero al servicio de codiciosos accionistas!





A Circe

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme.
En medio del mar silencioso estaba la pradera  fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.
¡Circe, noble moza de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mi.







Julio Torri
Nació en Saltillo, Coahuila, en 1889. Estudió derecho en la Escuela Nacional de Jurisprudencia e hizo el doctorado en letras en la UNAM. Junto con Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, Antonio Caso, Alfonso Reyes y otros escritores integró el Ateneo de la Juventud. Al ocupar José Vasconcelos la Secretaría de Educación Pública, Torri, como director del Departamento Editorial, publicó la bien conocida colección de autores clásicos universales. Fue profesor en la Escuela Nacional Preparatoria durante 36 años y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM hasta 1964. Perteneció desde1952 a la Academia Mexicana de la Lengua. Murió en la Ciudad de México en 1970.